InicioTENDENCIASGraziano Cicoria; El anacronismo como toma de partido - Por Antonio Sánchez

Graziano Cicoria; El anacronismo como toma de partido – Por Antonio Sánchez

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Graziano Cicoria devuelve al óleo a mujeres de la historia, el mito y el arte, y las pinta con una luz de viejo maestro que las rescata del olvido. Su pintura figurativa, a contracorriente de la época, es una decisión cargada de sentido.

Hay una valentía de fondo en la obra de Graziano Cicoria que conviene reconocer de entrada: pinta figurativo, al óleo, con oficio clásico y sin pedir disculpas, en un momento del mercado en que esa elección parecía clausurada. Pero lo que podría leerse como nostalgia es exactamente lo contrario. Cicoria emplea el lenguaje del pasado para hacer una operación del presente: rescatar rostros de mujer, reales, sagrados, mitológicos, y devolverles una dignidad pictórica que el tiempo o el olvido les habían retirado. La técnica antigua no es refugio. Es instrumento de reparación.

Lo primero que organiza el conjunto es la luz. Cicoria trabaja una penumbra cálida, dorada, de tinieblas habitadas, donde las figuras emergen de un fondo oscuro como si la pintura las alumbrara desde dentro. El procedimiento es el del óleo glaseado, las veladuras superpuestas que construyen la carne por capas hasta darle temperatura y peso. Esa factura tenebrista hunde sus raíces en el naturalismo barroco mediterráneo, pero Cicoria le añade un velo onírico, una bruma que desdibuja los contornos y vuelve incierto lo que se mira. La carne está descrita con devoción; el aire que la rodea, con vaguedad deliberada. De ese desajuste nace la atmósfera de sueño que recorre toda la serie.

El espacio en estas pinturas es siempre escenográfico. Interiores de villa con estatuas clásicas alineadas, columnas, faroles encendidos, ventanas o umbrales que se abren a un mar nocturno bajo la luna. Las esculturas no decoran: vigilan, como presencias mudas que el tiempo dejó atrás. Esa puesta en escena, con su silencio y su melancolía petrificada, dialoga con la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, el gran maestro italiano de las plazas vacías pobladas de maniquíes y mármoles, donde la quietud producía inquietud. Cuando Cicoria titula una pieza La grande bellezza y hace cruzar a una mujer de rojo un palacio con pavo real, no cita por azar: invoca el cine de Sorrentino y, detrás, la Roma decadente y luminosa de Fellini, esa belleza que se contempla a sí misma envejecer.

El núcleo conceptual de la colección está en su galería de mujeres. Tina Modotti y Frida Kahlo aparecen acompañadas de una cámara de placas sobre trípode, el aparato fotográfico introducido dentro del cuadro pintado. El gesto es agudo: la pintura mira a la fotografía y reivindica a dos mujeres que fueron, ellas mismas, fabricantes de imágenes y figuras de resistencia. En Santa Anna, Cicoria recupera la antigua iconografía de la Educación de la Virgen, la madre que enseña a leer a la hija, una escena que durante siglos sirvió para representar la transmisión del saber entre mujeres, y la repuebla con su ángel, su perro y su bodegón de frutos. La cadena es la misma en toda la obra: mujeres que sostienen el conocimiento, el arte y la mirada, pintadas por quien quiere que no se las olvide.

Esa voluntad sintoniza con una de las corrientes más vivas del arte actual. La recuperación de figuras femeninas silenciadas y el regreso de lo onírico y lo corporal fueron el eje de la Bienal de Venecia que comisarió Cecilia Alemani bajo el título El leche de los sueños. Cicoria trabaja en esa misma longitud de onda, pero con una herramienta que casi nadie sostiene ya con esta exigencia: el óleo descrito con paciencia de orfebre. Ahí reside su singularidad en el mercado. Una factura de coleccionista clásico al servicio de un contenido plenamente contemporáneo.

Quien se acerca a esta pintura recibe primero el golpe de la belleza y, un instante después, la gravedad de las miradas que la habitan. Estas mujeres no posan: observan, juzgan, recuerdan. Cicoria pinta a contracorriente del reloj para demostrar que ciertas presencias merecen volver, y que el óleo todavía sabe convocarlas. Pintura de oficio hondo y conciencia del presente. No se la olvida fácilmente.

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